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| Hillary Clinton y Donald Trump |
La expectación se encuentra alimentada por el
polarizado clima electoral tras una campaña agresiva que no se ha caracterizado
especialmente por su limpieza y la reñida contienda, ya que las últimas
encuestas apuntan una reducción del margen de ventaja de Clinton cerca del
empate técnico.
Además, el controvertido carácter de Trump y el hecho
de que por primera vez una mujer, Clinton, sea la aspirante a la Casa Blanca
por parte de uno de los dos grandes partidos ha añadido interés al ya de por sí
fascinante circo de la política estadounidense.
Horas antes del debate, que tendrá lugar en Long
Island a una hora de la ciudad de Nueva York, ambos candidatos tenían previsto
pasar la jornada trabajando en los argumentos y posibles escenarios que podrían
producirse en los 90 minutos de debate sin interrupciones publicitarias. Incluso en este aspecto, el contraste es evidente.
Si Clinton lleva días concentrada en el cara a cara,
Trump ha dejado esto para el último momento, y el sábado realizó un evento de
campaña en Roanoke (Virginia).
“Vas a tener que ver cómo te sientes cuando estés ahí
(en el debate). Ella va a tratarme con respeto. Yo voy a tratarla con respeto.
Me gustaría empezar diciendo eso, porque esa sería mi intención”, dijo Trump
esta semana en una entrevista en la cadena conservadora FOX.
Por su parte, la ex secretaria de Estado se ha
dedicado a estudiar los diferentes perfiles de Trump con los que podría
encontrarse: desde el imprevisible y descarado oponente que se vio en las
primarias republicanas hasta el más moderado y disciplinado de las últimas
semanas en las que ha tratado de seguir al pie el guión.
Clinton buscará provocar a Trump, menos experimentado
en cuestiones de política, para revelar sus debilidades y evidenciar su
superior veteranía y preparación; mientras que el republicano tratará de
exponer la necesidad de cambio y ruptura con el ‘status quo’ representado por
la demócrata.
Los expertos consideran clave el primer debate de los
tres previstos, ya que marcará la narrativa de las últimas semanas de campaña
de cara a las elecciones del 8 de noviembre.
Una frase recurrente en los análisis es que no se
ganan elecciones en los debates televisivos, pero si se pueden perder.
“Hay ciertos momentos que puedes anticipar, y
necesitas cumplir para transmitir tu mensaje. Estoy interesado en lo dicho por
Trump, al menos públicamente, de que no va a realizar ninguna preparación
formal”, señaló David Axelrod, analista político y exestratega jefe de las
campañas del actual presidente Barack Obama, esta semana en un encuentro ante
estudiantes de la Universidad de Hofstra.
Para Axelrod, el enfoque del magnate neoyorquino es
“algo inusual en la política estadounidense, dada la enorme presión existente.
Pero, claro, Trump ha desafiado tanto durante toda la
campaña las costumbres convencionales que está por ver cómo lo hará”.
Aún más preciso es Jon Favreau, exredactor de
discursos de Obama y director del programa de radio sobre actualidad política
“Keep it 1600”, en “los debates son fundamentales los primeros 15 minutos”, puesto que es cuando el espectador decide “quien ha
sido el ganador”.
Pese a que no habrá anuncios durante el cara a cara,
moderado por Lester Holt, periodista de la NBC, las televisiones ya se frotan
las manos ante las jugosa audiencia esperada para un debate que será el más
visto de la historia.
De acuerdo a los cálculos de las empresas de
publicidad que compran espacios para la transmisión previa y posterior, la
audiencia estimada para el primer debate entre Clinton y Trump será de entre un
20 y un 50 por ciento más que el primero de 2012 entre el demócrata Barack
Obama y el republicano Mitt Rommey, que fue de 67 millones.
Los más de 100 millones de espectadores esperados
suponen una cifra solo lograda por el gran evento deportivo de EEUU, el
SuperBowl de la liga de fútbol americano.
El récord televisivo de audiencia de un debate
presidencial lo ostenta por el momento el de 1980 entre el entonces presidente
demócrata Jimmy Carter y el aspirante republicano Ronald Reagan, que fue visto
por 80 millones de televidentes.
“Es un regreso a un fenómeno que ha desaparecido
prácticamente en la era de los medios digitales. Estadounidenses reunidos
alrededor de una misma hoguera electrónica”, subrayó Andrew Heyward,
expresidente de la cadena CBS al remarcar lo insólito del acontecimiento en
declaraciones al diario New York Times.


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