Fernando Dámaso no espera nada, pero tampoco se inquieta. Ha visto mundo en
las mejores y las peores circunstancias. Hay algo en él que lo hace cercano.
Quizá su sonrisa, quizá su comedimiento, pero no se sabe.
LA HABANA, CUBA.- Curtido en las lides del Ejército,
que lo llevó a cumplir “misiones internacionalistas” en lugares distantes de su
isla caribeña, dice que fue percatándose en el camino de cuánta contradicción
había entre las palabras y los hechos. Algo se le fue muriendo dentro con un
dolor. La escritura ha sido un poco la pasión sustitutiva. Septuagenario,
Dámaso es bloguero y colaborador de varios medios internacionales. Su blog
tiene nombre dulce, “Mermelada”, pero su último parto es un libro que habla de
su amor por la ciudad en la que nació y vive: “Mapa perdido de La Habana”.
Sentados en la pequeña terraza interior de su acogedor
apartamento en el barrio Nuevo Vedado, la conversación gira sobre otro eje
inevitable en pleno duelo funerario, la Cuba pos Fidel Castro. Las
posibilidades de un cambio que él no pronostica inminente, ni siquiera cercano.
Prudente en el juicio, toma distancia de las eufóricas casandras.
“En términos políticos no va a cambiar gran cosa. Sí
es posible que se produzcan algunos cambios en la economía que Raúl (Castro)
quiso introducir sin grandes resultados porque la sombra de Fidel, que se opuso
a muchos de ellos, gravitaba sobre sus decisiones”, apunta.
Todo dependerá, comenta, de qué lado se incline el
fiel de la balanza. Si del de aquellos que llama “dogmáticos”, fieles acérrimos
a la visión del país y de la política que, hasta su muerte a finales de
noviembre pasado sustentó Fidel Castro, o del de los “pragmáticos”, que tienen
a Raúl como su cara más visible y quieren un socialismo al estilo vietnamita:
partido único y economía socialista de mercado.
De hecho, y Dámaso lo destaca, desde que asumiera la
conducción del gobierno tras el retiro por enfermedad de Fidel hace poco más de
diez años, Raúl introdujo medidas hasta entonces impensables: la posibilidad de
vender inmuebles, y no solo permutarlos, una mayor libertad del cuentapropismo,
cuya presencia es notoria en la capital, la posibilidad de los productores de
vender de manera directa y, en el plano social, la libertad de viajar al
extranjero. Algunas de estas medidas, sobre todo el cuentapropismo, habían sido
ensayadas antes, acota, pero fueron revertidas por la ortodoxia de Fidel.
“Hoy la economía está destruida y eso obligará a tomar
algunas medidas liberalizadoras más, sobre todo porque ya tampoco se cuenta con
la ayuda de Venezuela y Brasil”, añade Dámaso. Mas las dificultades son muchas,
aunque buenos puedan ser los propósitos. Cuba no cuenta hoy con los avances
tecnológicos que, junto a una fuerza laboral disciplinada, pueda hacer
atractiva la isla a la inversión extranjera productiva. Es decir, no la de
servicios, como el turismo, sino la de bienes.
“Un ejemplo de esta dificultad es la Zona Especial de
Desarrollo Mariel, que no logra arrancar. Toda nuestra maquinaria es obsoleta.
Un pequeño inversionista que emplee a una o dos decenas de personas no es la
solución para la economía cubana”, insiste Dámaso. Hasta ahora, sobran las
promesas, pero no se concreta ninguna que merezca la pena. También el capital
tiene sus dudas sobre el inmediato porvenir.
Asimismo influye un problema más antiguo. Proclamada
socialista en 1960, Cuba rompió, motu proprio o vio hacerlo a los otros en
revancha, los lazos económicos con los mercados que le habían sido
tradicionales, y no solo los Estados Unidos. En 1972 se incorporó al Consejo de
Ayuda Mutua Económica (CAME), una organización de cooperación creada por la hoy
desaparecida URSS para regular las relaciones económicas de los países del
campo socialista. Una decisión que, estima Dámaso, sujetó la economía cubana a
proyectos que comprometieron seriamente sus potencialidades de desarrollo y
terminaron castrándola con el fracaso sistemático de los planes quinquenales.
Las consecuencias de todo aquello saltan hoy más que
nunca a la vista. Apunta entre ellas la caída en picado de la productividad, el
mayor deterioro de los niveles de vida del cubano promedio, la carencia de
servicios públicos de calidad, la insuficiencia salarial y el achicamiento del
sector empleador estatal.
Contradicciones internas.- El exmilitar que antes de 1959 se dedicó a la
publicidad –quizá de ahí su vocación por la escritura--, discurre en la
conversación por muchos temas. La Cuba de hoy no admite el simplismo como
pretendida categoría de análisis.
Respondiendo a preguntas vuelve sobre la incertidumbre
que crean las luchas entre los “dogmáticos” (fidelistas) y los “pragmáticos”
(raulistas). Sobre la influencia que aún puede ejercer el espectro de Fidel.
Dice, eso sí, que el Ejército es coto de Raúl. Y cuando se habla de Ejército no
se habla solo de fuerza militar, sino también de poder económico. Pero eso no
lo decide todo.
Si Raúl quiere hacer predominar su visión “pragmática”
de las cosas, debe darse prisa. Según su propia promesa pública, se retirará de
la conducción del gobierno en febrero de 2018, para dejar campo libre a otros
dirigentes. Demasiado quehacer en tan poco tiempo.
Recuerda también las dificultades que encontró Raúl
durante el VII Congreso del Partido Comunista Cubano celebrado en abril de 2016
para llevar a puestos de dirección a dirigentes que respaldan sus ideas. La
renovación generacional, que fue tímida aspiración de algunos durante el
evento, no ha podido vencer a la histórica gerontocracia. Por eso, para él, es
pantomima el nombramiento de Jennifer Bello, dirigente de la Federación de
Estudiantes Universitarios, de apenas 24 años, como miembro del Consejo de
Estado hace ya un año. Demasiada bisoñez para ser tomada en cuenta.
Así que en lugar de ser promisorio, el anuncio del hoy
presidente cubano de que se alejará del poder en apenas catorce meses, tiende a
crear más dudas que certezas. Solo el tiempo se encargará de ofrecer las
respuestas. Y el tiempo no siempre responde lo que se espera.
De todos modos, las perspectivas.- La voz disidente de Fernando Dámaso no chirría en los
oídos de quien lo escucha. Hasta los años noventa fue parte del engranaje y
conoce su funcionamiento. Con todos en su barrio se saluda y, pese a su
declarada disensión, siente que lo respetan. Él tampoco exagera la nota, aunque
no tiene reparos a la hora de decir y escribir. Un dato podría ayudar a
entenderlo: fue, hasta el final, amigo cercano de Naty Revuelta, la legendaria
amante de Fidel Castro que, puede apostarse sin riesgo, dedicó al líder y a su
revolución el último de sus suspiros cuando dijo adiós al mundo en marzo de
2015.
Quizá por eso su voz no cambia de registro cuando
habla de la “disidencia” interna y del estruendoso exilio miamense. De los
primeros afirma que no los conoce nadie en la isla, sino tan solo quienes
financian sus viajes propagandísticos al extranjero. De los segundos opina que
están tan desfasados de la realidad y del mundo como la nomenklatura cubana.
Ninguno de los dos bandos es opción.
Puesto a pensar en el futuro hipotético, Dámaso dice
que nadie puede predecir hoy quién terminará con las riendas del poder en Cuba.
De lo que está seguro es de que no será ninguno de los que, dentro o fuera,
puedan sentirse predestinados. “Será alguien que surgirá del proceso, alguien
que nadie conoce hoy”.
Sobran motivos para pensar así. Las urgencias actuales
de la sociedad cubana no se resuelven a golpe de palabras. Nadie en Cuba
encenderá hogueras con la leña de abstracciones manidas, por muy válidas que
sean. La libertad, sí, y él la reivindica y resiente su falta, pero con ella
nadie come, y la población necesita comer.
Así que si alguna protesta se diera en el futuro, y no
hay que descartarla, tendrá la necesidad vital como argamasa, no las palabras,
no importa cuán justas sean. En la insatisfactoria cotidianidad cubana de la
que habla, son otros los parámetros y otras las urgencias sociales. Él lo tiene
claro.
“Tomemos el ejemplo de la salud y la educación, que
han sido bandera política de la revolución durante estos casi sesenta años. Se
dice que la salud es gratis, y es mentira. Por lo general, para que un médico
atienda como se debe a un paciente, este tiene que llevarle su ‘regalito’,
además de que los hospitales están en mal estado. En cuanto a la educación, hay
que recordar que antes de 1959 Cuba tenía uno de los mejores índices de América
Latina, como también en salud. Lo que hizo la revolución fue profundizar estos
logros. Ahora la deserción del magisterio a otras áreas de la economía en busca
de mejores salarios ha obligado a reincorporar a maestros que ya habían sido
jubilados”, explica.
Pero hay un mal social ineludible que se extiende como
mancha de aceite y anula todas las bondades de cualquier discurso: la
corrupción, cuya transversalidad es inocultable. Más allá del juicio moral que
esta merezca, la realidad dicta sus reglas. Traficar con todo lo traficable es
la única manera de sobrevivir. Por ejemplo, tienes un “paladar” y le compras al
Estado la mitad de lo que necesitas. El suministro de la otra mitad corre por
cuenta del empleado de tu suplidor. Más claro, ni el agua.
Dámaso palpa también el desencanto de una generación
distante, por no decir indiferente, del discurso hagiográfico. Una juventud que
sabe de lo que carece, y le importa cada vez menos que le recuerden lo que le
han dado a cambio de tanto sacrificio. Tan es así que, según afirma, apenas los
jóvenes tienen el título universitario en la mano, lo que quieren es marcharse.
Descubrir otro mundo, equivocarse, acertar, caer, levantarse. Correr su riesgo.
Saber por experiencia propia si lo que le predican es falso o verdadero.
La noche ha caído sobre La Habana. En la penumbra de
la terraza interior del apartamento que ocupa con Rebeca Monzó, su esposa, el
pelo blanco de Fernando Dámaso adquiere un extraño resplandor. La conversación
ha terminado, pero solo por entonces. (Escrito por la destacada periodista y analista Margarita
Cordero. Tomado del periódico Diario Libre)


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