Amaury Germán Aristy
"La
historia dominicana no se puede escribir sin Amaury German Aristy y Los
Palmeros”
De aquellos
tiempos difíciles en que su hijo, Amaury Germán Aristy, fue perseguido y
eliminado por soldados al servicio del gobierno de Balaguer, doña Manuela
Aristy guarda recuerdos muy tristes.
“Yo tenía siete
meses que no veía a Amaury cuando lo mataron. En ese tiempo nada más lo veía en
la televisión, cuando el gobierno los ponía como prófugos, con un letrero
grande de “Se buscan” y ofrecía una suma de dinero como recompensa por él y sus
compañeros. Tenía un deseo inmenso de verlo, de tocarlo, de verlo reir, de
acariciarlo y besarlo. Tenía también un gran dolor. Me desesperaba mucho su
situación y lloraba. Yo no dormía tranquila, como si estuviera presintiendo el
final”.
El final llegó un
miércoles. Era 12 de enero del año 1972. Amaury Germán Aristy, líder de los
Comandos de la Resistencia, se encontraba en una casa del kilómetro catorce de
la autopista Las Américas, con tres de sus compañeros, Virgilio Perdomo,
Bienvenido Leal Prandy y Ulises Cerón Polanco.
Los soldados,
alertados sobre su presencia en ese lugar, empezaron a llegar la prima noche
del día anterior y tendieron un cerco que se extendió varios kilómetros a la
redonda.
Ese día, en una
reunión del grupo convocada para tal efecto, iba a ser decidida la suerte de
esa residencia como punto de operaciones de los Comandos de la Resistencia.
La Chuta y Ulises
fueron los primeros en caer. Venían de una cueva cercana donde pasaron la noche
para mayor seguridad. Fueron interceptados por las primeras tropas y eliminados
inmediatamente sin mayores posibilidades de defensa. Amaury y Virgilio
retrocedieron y se refugiaron en la cueva.
Desde allí
lucharon encarnizadamente durante diez horas. Todo concluyó cuando la tarde
empezaba a mostrar sus primeros desvanecimientos. Virgilio cayó alrededor de
las tres. Una hora más tarde fue silenciada la última arma de los Comandos de
la Resistencia, la de Amaury.
La última vez que
doña Manuela vio a Amaury fue en una residencia de Andrés, Boca Chica. “Nunca
he olvidado la última imagen de Amaury aquella tarde. Llegó vestido con un
pantalón caqui y una camisa de cuadros, manga corta. Tenía el pelo recortadito
muy tradicional. Estuvo muy cariñoso, como siempre. Andaba armado con una
pistola 45. Él llegó como a las cuatro de la tarde. Estuvimos juntos no más de
dos horas. Hablamos de la niña, me pidió que me cuidara, me dijo que él no
quería que yo sufriera y que estaba preparado para cualquier cosa que
sucediera”.
Doña Manuela Aristy, madre de Amaury Germán Aristy, en una entrevista concedida a Lissette Rojas, de Acento.com.do, en el año 2012.
Doña Manuela
Aristy tiene ahora sesenta y nueve años. Va con frecuencia a su tumba a
llevarle flores y hace veintisiete años, cada 12 de enero celebra una misa por
la paz de su alma. “Amaury siempre está conmigo. Con su ternura y su recia
voluntad dejó un ejemplo que guía mis pasos en la vida y me da fuerza. Amaury
es el muerto más vivo que yo tengo”.
Doña Manuela ha
ido muchas veces a la cueva donde Amaury inició su camino a la gloria. La
primera vez fue acompañada de Virgilio Almánzar, presidente del Comité de los
Derechos Humanos. Por una de las ironías de la vida, Virgilio Almánzar, uno de
los luchadores de la izquierda en sus años mozos, es hijo del capitán Virgilio
Félix Almánzar, quien cayó abatido en combate en la contienda del 12 enero
luchando, justamente en la acera contraria a la de Amaury y sus compañeros.
Doña Manuela
Aristy aún vive en la casa marcada con el número siete de la calle Salomé
Ureña, en la zona colonial, el mismo lugar donde se sentó aquel día, en un
silencio adolorido, aquejada de la enfermedad de la impotencia y rodeada de sus
hijos y de los amigos de siempre, a esperar el desenlace de la batalla.
“Ese día todas las
puertas estaban cerradas; lo único que nos quedó fue cruzarnos de brazo a
esperar que nos mataran a los hijos y nos entregaran sus cadáveres. Todos,
todos se nos negaron. Fuimos a la universidad, el rector Rafael Kasse Acta se
movió, formaron una comisión para ver si lograban que el gobierno les respetara
la vida a los que quedaban.
Fuimos a la
Nunciatura a ver si la iglesia intercedía. No nos querían dejar ni entrar.
Fuimos donde Juan Bosch a ver si podía hacer algo. Juan Bosch ni siquiera
recibió la comisión de la universidad que fue. Yo quedé decepcionada. Ese dolor
yo lo tengo y me lo voy a llevar a la tumba”.
Desde la
inmovilidad de las fotos que llenan de recuerdos las paredes, Amaury protege
sus pasos y con su legado vela por la solemnidad de este recinto, donde cada
día que pasa en el calendario de la ausencia, él es todo presencia y ejemplo
vivo.
Amaury era un
redentor y, como todo redentor, murió crucificado. Perseguido por un régimen
que no tuvo piedad con sus enemigos, sitiado por un ejército que llevaba la
cuenta regresiva de su vida, alejado de su familia por razones de seguridad,
aislado por muchos de sus compañeros e incomprendido por sus amigos de la
izquierda, murió enfrentado a las naturales limitaciones de un condenado,
caminando sus últimos días por un espinoso sendero de intrigas y
elucubraciones, mirado con recelo por el grupo de Caamaño que se preparaba en
Cuba para la insurrección y víctima de un inusitado viraje en la política de la
dirigencia cubana. Era la soledad de un rebelde.
¿Qué
recuerdos guarda de la infancia de Amaury?
Amaury nació en
Padre Las Casas, Azua, el 13 de abril de 1947. Ahora tuviera 52 años. En esa
época Padre Las Casas era un pueblecito muy pequeño, y Amaury era uno de los hijos
de papá y mamá. Yo tuve seis hijos, uno detrás del otro; él fue el primero. Yo
en ese tiempo me dedicaba a cuidarlos a ellos. Mi esposo era hacendado, tenía
cafetales, tenía vacas, tenía caballos. “De los riquitos del pueblo”, decían en
esa época.
Yo soy de Las
Yayas, un pueblecito que hay antes de llegar a Padre Las Casas. Me casé y fui a
vivir a Padre Las Casas. Amaury fue el número uno en todos los sentidos, primer
sobrino, primer nieto. Era muy querido de todas mis hermanas, el niño lindo, el
rey de ese pueblecito. Fue siempre muy amante de sus estudios, muy tranquilo,
muy hombrecito, siempre tuvo un portecito de hombre. Era muy cariñoso, muy
abierto, muy comprensivo.
El se llamaba
Porfirio Amaury Aristy por mi papá, que era Porfirio Aristy, que es también el
papá de Héctor Aristy, el canciller de Caamaño, y al ser el primer nieto a
Amaury le tocaba ese nombre. Él estudiaba en la única escuela del pueblo. Aquí
viene una comadre mía del pueblo a buscar informaciones para la historia, en la
escuela ahora están removiendo historias, queriendo saber lo que pasó el 12 de
enero, y la de Amaury es una historia importante para ese pueblo.
La historia de
Padre Las Casas ni la historia del país se podrá escribir verdaderamente sin
mentar a esos hombres, a Amaury y sus compañeros. Cuando se vaya a escribir
seriamente la historia, hay hombres que no pueden dejar de mentarse y yo creo
que Amaury es uno de ellos.
Cuando Amaury vino
para la capital a estudiar iba a cumplir los catorce años. Nosotros lo
queríamos poner en el colegio Serafín de Asís porque le quedaba muy cerca de la
casa, pero él no quiso. Escogió el liceo Juan Pablo Duarte, la Normal de
Varones. En el gobierno de Juan Bosch yo vine a vivir para la capital, para el
ensanche Ozama, porque mi esposo era diputado, vicepresidente de la Cámara, y
en esa época los diputados tenían que vivir en la capital. Entonces me llevé a
mis hijos para el ensanche Ozama.
En esa época
conoció al Chino Bujosa y se hicieron muy amigos. Después me di cuenta que
estaban metidos juntos en la política. También conoció a Enma Tavárez. Yo una
vez pensé que Enma era como novita de Amaury porque ella iba buscándolo con
mucha insistencia a la casa y si él estaba en el cuarto, ella entraba y ahí
duraban horas hablando. Ella era bien linda y muy buena muchacha, además,
parecía una reina. Y como iba tanto allá y lo buscaba tanto yo pensaba que eran
novios. Pero no era así, era que estaban en su cosa de su política.
Después conoció a
Sagrada Bujosa por mediación a una amiga que era novia de Amaury. Se llamaba
Cossette. En esos días a Amaury le dio papera y ella fue a ver a Amaury, a su
novio, con Sagrada. Después resultó que se enliaron Sagrada y Amaury. Más
adelante Cossette se casó con otro muchacho.
¿Cómo se involucró Amaury en actividades
políticas?
Amaury comenzó con
sus inquietudes políticas en Padre Las Casas. En ese tiempo no se hablaba tanto
de política porque tú sabes el pecado mortal que era hablar de “papá Trujillo”.
Él decía que yo era una trujillista de alante porque yo le daba sus pelas por
Trujillo, sobre todo cada vez que él me le sacaba los ojos a las fotos de
Trujillo. Una vez yo vine aquí a la capital, y yo tenía una foto muy bonita
pintada en marrón, de Negro y Trujillo, los dos juntos. Cuando yo fui que
encontré esa foto con los ojos sacados los dos, pregunté pero y quien hizo
esto? Él me dijo con la cabeza muy paradita fui yo.
Allá en Padre las
Casas también tenían un busto que decía Trujillo es el jefe. Buscó dos
o tres amigos del pueblo, y se combinó para cuando los viejos estuviéramos en
la iglesia robarse la tarja del ayuntamiento. Agarraron a Trujillo, lo
ahorcaron con una soga y una piedra y lo metieron en un hoyo de una letrina.
Fueron guardias de
San Juan, guardias de Azua. Pero lo más lejos que teníamos era que eso había
sido cosa de estos niños. Pensábamos, incluso, que habían venido de algún
pueblo. Nos enteramos de que el cabecilla había sido Amaury después de Amaury
muerto. Uno de los muchachos que participó nos contó que la piedra que le
amararon a la estatua era para que se hundieran fácilmente entre la materia
fecal y no la encuentren nunca.
Ya en ese tiempo,
siendo Amaury un muchacho, se la pasaba hablando de imperialismo y de no sé
cuántos. Una vez por eso me creo un problema grandísimo con unos tíos políticos
extranjeros que eran comerciantes, que pensaban que Amaury se refería a ellos
cuando mencionaba al tal imperialismo.
¿Cómo se
involucró Amaury en la Guerra de Abril?
Yo veía que iban
amigos y amigas buscándolo, incluyendo a Enma Tavárez. En ese tiempo iba
Ivelisse Acevedo, iba Aniana Vargas. Yo decía pero y estas mujeres atrás de
este muchachito, pero a mí ni por la mente me pasada nada. Ellos hablaban en su
habitación. Sé que cuando Peña Gómez habló como a la una el mismo día 24 de
abril, Amaury fue donde estaba la ropa lavada, cogió un pantalón caqui sin
planchar, se lo puso y por ahí mismo se fue a la guerra.
Yo lo volví a ver
cuando lo hirieron en el asalto al Palacio Nacional. Mi hermano Héctor Aristy
estaba en la guerra y yo siempre sabía por él y por sus hermanas que Amaury
estaba bien. Yo además, bajaba aquí abajo, algunas veces hasta a pie venía yo
aquí a ver qué pasaba. Iba donde estaba Caamaño en El Conde y averiguaba si
estaba bien. Siempre le traía algo de comer, pero no lo veía porque nunca
estaba en el comando de Ciudad Nueva. Siempre me decían lo mismo: él anda en un
servicio.
Yo vine a estar
junta con Amaury cuando le dieron el balazo. Fue una tarde el día que los
muchachos asaltaron el Palacio. En esa operación habían matado al coronel
Fernández Domínguez, a Elio Capozzi y a Juan Miguel Román. A Amaury lo llevaron
sangrando a la clínica del doctor Franco, que estaba en la esquina de los
bomberos. Yo estaba en la Duarte número 13 donde las hermanas de Amaury y vino un
muchacho a decírmelo. Yo cogí para la clínica y ahí lo encontré. Ya lo habían
curado. Ahí encontré a muchos de sus compañeros En la noche llegó Caamaño. Sólo
estuvo dos días ahí porque él desde que le dieron de alta, volvió para el
comando. Yo no quería, pero imagínate, nadie podía lidiar con la voluntad de
Amaury Germán Aristy.
¿Cómo fue
su relación con Amaury en la clandestinidad?
Desde que pasó la
guerra Amaury vivió clandestino. Aquellos fueron tiempos difíciles. Tú sabes
que en esa época nuestros hijos habían cometido un pecado mortal: participar en
la guerra de abril, y más aquellos que se empeñaban en seguir luchando.
Muy pocas veces
nos veíamos, pero yo siempre sabía de él. El siempre buscaba la forma de que yo
supiera que estaba bien. A esa casa donde lo mataron yo nunca fui, yo nunca
sabía dónde él estaba. Yo misma le decía a él No necesito ni verte, ni
saber dónde tú estás, lo que necesito es saber que estás bien. El así lo
hacía. Siempre me mantuvo informado. Mi teléfono estaba interceptado por la
policía, a veces me llamaba donde mi vecina que le tenía confianza.
Cuando a Amaury lo
mataron hacía siete meses que yo no lo veía. Cuando lo vi yo casi no pude
hablar con él porque tenía dos días de operado de las amígdalas. Fue en Andrés,
Boca Chica. Ya había una búsqueda intensiva. Todos los días la policía
realizaba allanamientos, acordonaba barrios enteros, arrestaba gente; era una
situación muy difícil. A mí me llevó un amigo que él parece que le tenía mucha
confianza, y fue dando muchas vueltas para llegar. Yo llegué primero con la
niña, que ya había nacido.
Nunca he olvidado
la última imagen de Amaury aquella tarde. Llegó vestido con un pantalón de
caqui y una camisa de cuadros, manga corta. Tenía el pelo recortadito muy
tradicional. Estuvo muy cariñoso, como siempre. Andaba armado con una pistola
45.
Él llegó como a las cuatro de la tarde. Estuvimos juntos no más de dos
horas. Hablamos de la niña, me pidió que me cuidara, me dijo que él no quería
que yo sufriera, que él estaba preparado para cualquier cosa que sucediera, que
él sabía lo cruel que era el enemigo. Siempre que me veía lo que más me pedía
era eso, mami yo no quiero que tu sufras por mí, yo lo que quiero es que tú
te cuides, tú sabes que estamos bregando por algo en lo que yo creo.
Yo siempre le
acepté sus ideas. Me queda la satisfacción de que lo apoyé en todo momento
hasta donde yo pude. Ya tú sabes el dolor que yo tuviera hoy si no lo hubiera
hecho. Yo me encuentro muy bien con mi conciencia porque él siempre me dijo que
había que respetar eso y que su mayor deseo era que cuando sucediera lo peor yo
tuviera el valor de saber que él murió feliz. A veces él me llegó a decir mi
vida no vale cinco centavos, yo lo sé, pero la de ellos vale menos porque yo sé
por lo que yo estoy luchando y ellos ni saben por lo que van a luchar ni por lo
que van a morir. Y el día que eso se ofrezca, mami, ten por seguro que yo no me
voy solo. Amaury con su firmeza y su recia voluntad se ganó mi respeto como
madre y el respeto de su pueblo.
¿Qué fue
lo que sucedió en la casa del INVI el día que cercaron a Amaury?
Uno de los
episodios difíciles de la época de la clandestinidad fue lo del Invi. Ahí el
gobierno de Balaguer se inventó que Amaury dizque estaba preparando un atraco.
La casa era alquilada; vivía Papi Bujosa, un hermano de Sagrada con su esposa
que estaba parida con una niña de seis meses. Pero si le llegó esta visita para
dormir allá, qué podían hacer. Parece que alguien sopló y fue un ejército.
Ametrallaron la casa. Una persona que tenía acento extranjero le pidió a Amaury
que se rindiera. Él le respondió con una ametralladora recortada que tenía. Por
una puerta que había en la cocina les abrió fuego, rompió el cerco y se les
fue.
Él y Sagrada
llegaron raneándose a una casita que estaba cerca entre esos montes.
Minutos después llegaron refuerzos, cientos de soldados, argumentando que ahí
había un ejército de hombres. Mira cuál era el gran ejército enemigo que ellos
fueron a destruir: una mujer parida con su niña de seis meses, Sagrada y
Amaury. Cuando Amaury les abrió fuego con la ametralladora que tenía y se les
fue por ahí, entonces demolieron la casita a tiros.
Aquellos fueron
tiempos difíciles. Eso del INVI fue 15 de junio y al otro día mataron a Otto
Morales. Yo fui a la casa al otro día y constaté el estado en que la habían
dejado. Había sido demolida a tiros. Cuando yo llegué todavía estaba rodeada.
Nos detuvieron y nos llevaron para la Policía, a mí y a doña Marina, la mamá de
Sagrada, una señora mayor. Yo dije muchísimas pleberías porque yo soy muy plebe
defendiendo a mis muchachos. Estaba indignada. Nos interrogaron, nos
preguntaron qué buscábamos ahí, que no teníamos nada que buscar. Yo siempre les
dije lo mismo, que ahí vivían nuestros hijos y yo quería ver qué pasaba. Ser
madre nunca puede ser un delito.
¿Cómo se
enteró usted de que había llegado el momento final?
La primera noticia
vino así por mediación a su esposa, Sagrada. Hacía siete meses que yo no veía a
Amaury y tenía un deseo inmenso de verlo, de tocarlo, de verlo reir, de
acariciarlo y besarlo. Tenía también un gran dolor. Me desesperaba mucho su
situación y lloraba. Yo no dormía tranquila, como si estuviera presintiendo el
final. En esos últimos siete meses nada más lo veía en la televisión, cuando el
gobierno los ponía como prófugos, con un letrero grande de “Se busca” y ofrecía
una suma de dinero como recompensa por ellos. Imagínate tú cómo una madre se
puede sentir en esos momentos.
Un día Sagrada me
mandó a decir que estuviera lista con la niña como a las tres de la tarde en
una casa frente a la Normal de Señoritas, la escuela Salomé Ureña en la calle
Padre Billini. Después me llevaron a una casa en el ensanche Ozama. Yo tenía,
como madre al fin, la idea de que era a ver a Amaury que yo iba porque como me
llevaron tan lejos y me pidieron que llevara a la niña. Cuando llegamos a la
casa por casualidad estaba la televisión prendida y seguido pusieron las fotos
de ellos de nuevo en la televisión, que las ponían cada diez o quince minutos.
Yo ahí sentada me sentí tan mal y lloré tanto; me sentí en ese momento muy
impotente y lloré muchísimo.
En esa misma casa
le dije Mira Sagrada, Amaury no va a salir vivo de ésta. Ella me dijo
Doña Manuela no diga eso, ¿porque usted dice eso? Ella quiso
consolarme, pero ese día me dio esa corazonada. Y yo le dije Te voy a
agradecer algo, que a la hora que sea y el día que sea, tú me lo digas porque
si tú no me lo dices en el momento me vas a tener de enemigo de por vida.
Ella parece que cuando supo la noticia de que los muchachos estaban rodeados,
se acordó de esas palabras. Fue por la noche.
Ella me llamó a la
una de la madrugada. Cogí el teléfono, junto a mí estaba Marisela, la mayor de
mis hijas. Yo le dije: Marisela, Sagrada me llamó y me dijo: esté lista que
yo la paso a recoger. Nada más. Ya yo sabía. Las madres tienen un instinto
muy grande para adivinar el peligro de los hijos. Pensé para mí: Están rodeados
los muchachos. Marisela me dijo, Cuidado si se van los muchachos al exilio
porque en esos días había propuestas de exilio.
Un día Ercilio
Veloz Burgos, que quería salvar la vida de Amaury, vino a buscarnos para
llevarnos a una embajada. Yo sabía que Amaury iba a decir que no, porque yo
conocía ya cuál era su idea y su decisión al respecto. Yo sabía que Amaury no
se iba a exiliar. En varias oportunidades él me lo había dicho que no lo haría
y un día fue más categórico: Yo nací aquí, luché aquí y si tengo que morir,
muero aquí, ni en Cuba ni en parte. Me lo decía siempre. Después de eso yo
sabía que él no se iría.
Sagrada llegó con
Carmen Rita Morera, la ex esposa de Hamlet Hermann, en una guagüita que ésta
tenía. Me lo dijeron sin rodeos: Doña Manuela, los muchachos están
rodeados. Ay Dios mío, de ahí no sale uno vivo, dije yo, desesperada. Nos
fuimos a la casa de Carmen Rita que vivía en Gazcue, a ver qué podíamos hacer.
Nos sentamos un ratito, y qué hacemos, todo el mundo estaba desesperado.
Yo desde el
principio esperaba lo peor. Le dije a Sagrada que lo que había que hacer era ir
para la funeraria para ir avanzando las diligencias de los entierros porque ya
yo sabía que iban a terminar todos muertos. Fuimos a radio Mil como a las dos
de la madrugada. Llevamos la voz de alarma. Tú sabes que los muchachos se
metieron dentro del monte, en la cueva y con la oscuridad de la noche.
Nosotras,
desesperadas, fuimos en la madrugada, pero ¡qué podíamos hacer! Sólo vimos los
celajes de los guardias tomando posición detrás de los matorrales. Esa noche
estaba muy oscura y todo lucía muy tenebroso. En realidad nosotros fuimos por
ir, por no quedarnos sentadas con los brazos cruzados viendo cómo los
acribillaban, pero qué podían hacer tres mujeres solas frente a un batallón de
militares con una decisión ya tomada.
Cuando veníamos
por el malecón oímos en radio Mil la noticia de los dos primeros que estaban
muertos. Eran Ulises y Chuta. A las seis de la mañana se produjo ese primer
encuentro. Quedamos luchando a ver qué se podía hacer. Fuimos a la universidad,
el rector Rafael Kasse Acta se movió, formaron una comisión para ver si
lograban que el gobierno les respetara la vida a los que quedaban. Fuimos a la
Nunciatura, al lado de la casa de Balaguer. Acudimos a la iglesia porque
sabíamos que en muchas partes, a la iglesia se le escucha y quizás, podía hacer
algo. No nos querían dejar entrar. A mucha lucha nos dejaron entrar. Ahí hubo
una larga e infructuosa espera. Hubo pleito de uno de los muchachos que andaba
con nosotros. Pero no valió nada. La iglesia tampoco estaba para nosotros.
Fuimos donde Juan
Bosch a ver si podía hacer algo. Juan Bosch ni siquiera recibió la comisión de
la universidad que fue. Yo quedé decepcionada. Ese dolor yo lo tengo y me lo
voy a llevar a la tumba.
Ese día todo
estaba en contra de que se pudiera hacer algo, todo operaba en contra de poder
salvar a los muchachos. Todas las puertas ese día estaban cerradas. Fue un día
demasiado largo, se pudo haber hecho algo, no se hizo nada, pudo haberse
salvado aunque sea uno, Amaury por ser el último que murió; quizás los dos que
cayeron en la tarde. Yo estaba desesperada viendo cómo acribillaban a mis muchachos
y el país permanecía con los brazos cruzados. ¡Un país entero con los brazos
cruzados! ¡Dios mío, que dolor tan grande es el dolor de la impotencia!
Han pasado
veintisiete años y todavía me pregunto dónde estaban y quiénes eran los
compañeros de Amaury. Todavía me sigo preguntando por la gente, todo el mundo
oyendo radio, en grupos, y sigo pensando que quizás pudo haberse hecho algo
para salvarles la vida a los muchachos, y sencillamente, nadie hizo nada.
Frente a lo que había, nosotros ¡que podíamos hacer! sino esperar, todo el
mundo con su radito. Todo el mundo esperó lo último y no se hizo nada. Los
mataron sin que nadie quisiera hacer algo. Estoy segura de que si Amaury tuvo
momentos de pensar, sé que pensó en mí.
Después del
desenlace el gobierno quería que se llevaran los cadáveres a sus respectivos
pueblos. Se formó una comisión de los familiares para conocer esa proposición,
que la había mandado a hacer el general Nivar Seijas. Yo desde el primer
momento dije que no, que yo mi hijo lo iba a enterrar aquí, donde yo vivía.
Además, nadie, por ramos que tenga encima, tiene derecho a disponer el destino
de los muertos ajenos. Los tenían en el Litghow Ceara; después se los llevaron
a San Isidro, ellos hicieron muchos cambios con esos pobres muertos. Como a las
doce del mediodía nos pusieron como condición que el primero que había que
enterrar era Amaury, una cosa paradójica porque el cadáver que en mejor
condición estaba era el de él. Y además, que no los podíamos velar juntos.
Lo que hicimos fue
que pusimos dos en la funeraria de la Bolívar y dos en la de la 30 de marzo.
Amaury quedó en la Bolívar con Virgilio. Ellos fueron los dos últimos que
murieron. Amaury murió a las cuatro de la tarde; Virgilio parece que murió a
las tres.
Yo no estaba en el
lugar de los hechos cuando se produjo el desenlace. Yo fui en la mañana, ya
había mucha gente, mucho corre-corre de ambulancias, unas que iban otras que
venían, muchas sirenas, muchas armas de distintos calibres. Los guardias
estaban muy nerviosos. Había helicópteros sobrevolando la zona, había barcos en
el mar, aquello era un infierno. Yo fui a ver si se podía hacer algo, pero ya
el desenlace estaba decidido. No se pudo hacer nada, ni se pudo hablar con los
generales. El general Nivar Seijas no se dejó ver en ningún momento. Nosotros
veíamos a los policías, pero a los grandes no. A algunas personas las agarraron
presas.
Cuando terminó la
batalla yo venía con Somnia Vargas del Listín Diario, que estaba ahí al doblar,
en la calle 19 de marzo. Queríamos ver a Rafael Herrera, pero no lo vimos.
Vinimos a la casa. Estaba llena de vecinos. La gente acudió a mi casa a esperar
el final. Aquella noche esta calle se cerró, todos los colmaditos se pusieron a
la orden. Este barrio se convirtió en un solo dolor. El gobierno quiso
reprimir, la policía pasó la noche como si el muerto hubiera estado aquí, pero
como quiera la gente vino a acompañarme en mi dolor.
Nos entregaron a
los muchachos muertos como a la una del día siguiente y los enterramos como a las
cuatro. La marcha hacia el cementerio de la Máximo Gómez la hicimos totalmente
a pie. Al paso del cortejo, la gente salió a las puertas y a los balcones. Todo
el mundo estaba llorando en silencio en las puertas de sus casas. Muchos
tiraron flores sobre el carro fúnebre, otros agitaron pañuelos blancos. Fue una
reverencia a la valentía de los muchachos y un rechazo a la cobardía de quienes
los asesinaron. La policía nos vigiló durante todo el cortejo. Rodearon el
cementerio armado de fusiles, pero logramos enterrarlos juntos a pesar de la
represión. Yo me acuerdo que me regué y pedí que me dejaran enterrar a mi hijo
tranquila, ya que me lo habían asesinado. Amaury tenía veinticinco años cuando
lo mataron.
¿Valió la
pena el sacrificio de Amaury?
Si, valió la pena
porque si en este país hay un poquito de respeto y hay un poquito de
consideración para los que han quedado vivos, para la juventud, es por el
sacrificio de aquellos y otros muchachos, aunque muchas personas crean que no.
¿Y
Balaguer?
Él nunca sabe de
nada.
“A Amaury no lo busque debajo de la cama..yo no parí un cobarde”
Doña
Manuela Aristy pide que no se olvide la historia y se cuenten los hechos como
ocurrieron. Hace 43 años, Amaury Germán Aristy dirigió una heroica y desigual
batalla contra las fuerzas represivas de la dictadura de Joaquín Balaguer y
fuerzas de apoyo de los Estados Unidos
(Esta entrevista fue originalmente publicada
el 12 de enero de 2012. Por considerarlo de interés para nuestros lectores, hoy
12 de enero de 2015, a 43 años de la batalla de los Palmeros, la reproducimos.)
SANTO DOMINGO,
República Dominicana.- Entre el día en que Amaury Germán Aristy le sacó los
ojos a una foto del hermano del dictador y el día en que lo sitiaron los
militares para matarlo pasaron muchos años en los que habitaron el valor y la
angustia en igual medida.
En Amaury estaba
el valor y el arrojo, las ansias de patria; en doña Manuela Aristy, su madre,
la angustia de que un día lo mataran.
Hoy hace 43 años
que los militares del gobierno de Joaquín Balaguer cercaron a Amaury y a
Virgilio Perdomo en una cueva del kilómetro 14 de Las Américas, hecho ocurrido
el 12 de enero de 1972. Diez horas duró el fuego cruzado entre los soldados y
los jóvenes perseguidos por sus ideas de una nación democrática y justa.
“A mí, como madre,
hay cosas que no se me han olvidado. Oigo a veces cuando mientan el suceso del
asalto al Palacio; nada más no fue Fernández Domínguez, ahí murió Capozzi, que
era un hombre grande, murió uno que se llamaba Euclides Morillo e hirieron a
Amaury Germán y otros más. Para hacer la historia hay que decir las cosas como
son para que estén completas”, dice doña Manuela.
Cuando la toma del
palacio, Amaury tenía 17 años. Para la época, doña Manuela trataba de alejarlo
de una causa que consideraba peligrosa. “Cuando lo hirieron, le dije al doctor
que me lo retuviera, para que no saliera de nuevo, pero de ahí salió él, no
para mi casa, sino para su comando”. Sin embargo, cada día que pasaba con su
hijo en la clandestinidad, con el alma en un hilo, iba comprendiendo lo
justicia de aquel fervor patriótico del muchacho.
La madre de Amaury
levanta la mano para señalar la fotografía de su hijo, apenas un niño, de
contextura delgada y grandes lentes cuadrados que sostiene un fusil mientras
parece discutir una estrategia para la próxima batalla.
A Amaury, según
cuenta doña Manuela, lo movía un poderoso sentimiento de justicia. Había nacido
el 13 de abril de 1947 en Padre Las Casas, Azua, en el seno de una familia
acomodada, vivía en la Ciudad Colonial, era hijo de un ex diputado, pero su
situación familiar no lo hacía indiferente ante las penurias de la mayoría del
pueblo.
A los catorce años
rechazó un colegio privado, cuando se mudaron a Santo Domingo, para inscribirse
en el liceo Juan Pablo Duarte, que durante la década de los 70 fue el centro de
movilizaciones políticas y manifestaciones juveniles.
“Te digo, Amaury
fue un niño hombre, porque no todos los hombres tuvieron el temple. No es
porque fuera mi hijo, pero sí te puedo decir que el coraje y la valentía de
Amaury son admirables mundialmente, porque donde quiera que se mienta esta
historia como es, Amaury se mienta”, exclama doña Manuela.
Cuenta que en una
ocasión Amaury estaba en la casa de una hermana de Sagrada Bujosa, su esposa y
compañera, y los militares rodearon la vivienda y la bombardearon hasta hacerla
añicos. Esa vez salió herido, pero sobrevivió.
“A Amaury no lo
busque debajo de la cama, porque ahí no lo va a encontrar, porque yo no parí un
cobarde”
“La casita la
demolieron. Yo fui al otro día con la mamá de Sagrada y eso era un desastre y
una picazón, porque ahí fueron todos los efectivos y él se le fue por atrás.
Fueron donde unos amigos que ellos tenían por ahí y hasta le quitaron el carro
a la brava”.
Aquellos eran días
en que los allanamientos a la casa de la familia Germán Aristy se volvieron
habituales. Una noche en que los militares lo buscaban por cada esquina de la
casona colonial, uno de los perseguidores se agachó para buscarlo bajo la cama.
Y doña Manuela respondió:
“A Amaury no lo
busque debajo de la cama, porque ahí no lo va a encontrar, porque yo no parí un
cobarde”.
A la vida de
Amaury Germán Aristy, Virgilio Perdomo, Bienvenido Leal Prandy y Ulises Cerón
Polanco le pusieron precio. Un anuncio en la televisión con sus rostros
anunciaba “Se buscan”.
“Eran días y
noches desesperantes. Es una cosa muy grande tú no saber si tu hijo va a
amanecer vivo. Eso es una cosa muy grande. Eso destruye la vida del más
valiente. Si yo te digo que yo he vuelto a ser la persona que yo era, te
miento, porque eso era parte de mi vida. El perder un hijo solamente se olvida
en la puerta del cementerio el día del entierro. Es una cosa muy grande perder
un hijo”.
Alguien dio alerta
a militares y policías de que los cuatro muchachos estaban en Las Américas. Una
mañana de un día como hoy, el 12 de enero de 1972, los interceptaron cuando
salían de la casa que tenían como centro de operaciones cerca de Boca Chica.
Las fuerzas de los
perseguidores eran superiores. A las seis de la mañana mataron a Cerón y a Leal
Prandy, mientras Virgilio y Amaury entraron en una cueva. Por diez horas ambos
dieron la batalla. Un disparo mortal alcanzó a Virgilio y Amaury continuó hasta
que lo mataron cerca de las cuatro de la tarde.
Los militares y
policías, según cuenta doña Manuela, se ensañaron con los cadáveres y el único
cuerpo reconocible era el de Amaury. A los demás, dice, los quemaron de tal
forma que sus parientes los identificaron por la contextura física y por la
ropa.
“Ahora es que en
realidad yo pienso que él hizo bien. Yo le decía, pero mi hijo y él me decía: ‘Mami, los
hombres que luchamos al lado de Fernández Domínguez morimos con las botas
puestas, sea en los pies o en la cabeza, pero morimos con ellas. Nosotros no
nos vamos a entregar a los que han matado a tanta gente a sangre fría”, dice doña Manuela.
Y agrega: “Yo
pienso que valió la pena. Amaury puso un ejemplo de que la dignidad es lo que
vale no las armas. Él hizo historia en este país. Esa hazaña no se volverá a
repetir más nunca en la vida en este país”.Hay una frase que,
en la clandestinidad, Amaury le escribió a sus perseguidores y que doña Manuela
cree que causó el encono con que lo asediaron para capturarlo.
Ella la recita con
orgullo: “No importa el número de armas en las manos, lo que importa es el
número de estrellas en la frente”.


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