El
partido parte con ventaja para recuperar este año la Cámara de Representantes y
poner en jaque la agenda del presidente.
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Donald Trump este lunes en la Casa Blanca.
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Washington.- 2018 definirá
el futuro del Partido Demócrata. También, en gran medida, el del
republicano Donald Trimp y su populismo nacionalista. En apariencia, el examen queda
lejos, pero la precampaña lleva meses en marcha y la estrategia de las próximas
semanas será clave para marcar las coordenadas.
El 6 de noviembre, Estados Unidos celebra
elecciones legislativas. Como cada dos años, se renueva la totalidad de la
Cámara de Representantes y un tercio del Senado.
Los republicanos controlan ahora ambos hemiciclos, pero las encuestas
dan una alta posibilidad de que los demócratas se hagan con la Cámara de
Representantes.
Arrebatar el Senado se presume más
complicado. Dominar la Cámara Baja pondría en jaque la agenda legislativa de
Trump, abriría la puerta a impulsar un hipotético impeachment (proceso de destitución) contra el
presidente y supondría, ante todo, un sonoro correctivo al republicano dos años
antes de las elecciones presidenciales.
La última vez que ocurrió que un partido
que no gobernaba se hiciera con el control de una de las dos Cámaras fue en 2010. Los derrotados fueron los demócratas, que
ahora aspiran a vengarse y superar el trauma, aún latente, de su debacle en las presidenciales de 2016.
Las legislativas de
2010 fueron una tremenda bofetada a Barack Obama, propiciada sobre todo por el malestar por la situación económica. A
los dos años de su victoria presidencial, los demócratas mantuvieron su mayoría
en el Senado, pero perdieron 63 escaños en la Cámara de Representantes que
pasaron a los republicanos, lo que les dio el control del hemiciclo.
La diferencia actual
entre ambos partidos es de 47 asientos. Entonces, Washington se transformó: los
republicanos convirtieron sin tapujos la obstrucción, abanderada por el Tea
Party, en una mundana pero poderosa arma. Desde ese momento y hasta el fin de
su mandato, Obama no pudo aprobar ninguna gran legislación en el Capitolio, lo
que se acentuó todavía más en 2014 cuando los progresistas perdieron la mayoría
en el Senado.
"Si en 2018 arrasamos, recuperamos
la Cámara y el Senado o solo la Cámara, veremos que, en realidad, el presidente
[Trump] está aislado y los republicanos se darán cuenta de que trabajar con él
no lleva a nada salvo a una derrota total en 2020", dice Lia Parada,
directora de asuntos gubernamentales del Center for American Progress, un
laboratorio de ideas de la órbita demócrata.
El partido vive una extraña dualidad:
energía en su base de votantes y en las protestas en las calles, combinada con
una continua introspección en la cúpula del partido sobre el rumbo a tomar y
mermada por la ausencia de un líder definido.
En el primer año de Gobierno de Trump, los progresistas se han
guiado más por su rechazo a las políticas rupturistas del republicano (que ha
desmontado velozmente el legado de Obama) que por una autocrítica sobre la
derrota de Hillary Clinton, que sacó casi tres millones más de votos que Trump
pero perdió feudos importantes y acabó con ocho años de dominio demócrata.
"Lo que falló en 2016 fue movilizar
a nuestros votantes clave. Debemos luchar contra la apatía y por nuestros
valores", sostiene Parada en referencia a los electores jóvenes, urbanos y
de minorías demográficas que catapultaron dos veces a Obama al Despacho Oval.
La analista considera que el partido debe apelar también a los votantes
independientes y republicanos “preocupados por el rumbo del país”.
2017 tuvo un inicio trágico para los
demócratas, con la investidura de Trump, pero acabó con un enorme optimismo. A
finales de año, el partido arrebató a los republicanos el puesto de gobernador
en Nueva Jersey y se hizo con un escaño de senador por Alabama, que los
conservadores ostentaban desde hace 25 años.
El candidato republicano en
Alabama, Roy Moore, había sido acusado de abusos a menores en los años
setenta pero Trump lo respaldó. Los demócratas lograron imponerse con el voto
femenino en el Estado y aspiran a repetirlo en noviembre en todo el país.
Los antecedentes, sin embargo, invitan a
la cautela. Pese a los malos resultados demócratas en las legislativas de 2010,
Obama logró la reelección en 2012. No controlar el Congreso, frenó en seco su
agenda legislativa pero mantuvo su potestad de vetar leyes y le permitió seguir
impulsando por decreto medidas de calado, como en protección medioambiental, el
restablecimiento diplomático con Cuba o el acuerdo nuclear con Irán.


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