Por Rosalba Ramos
Santo Domingo.- La violencia sobre la mujer constituye según informe de la UNDOC (2014) el crimen encubierto más extendido del mundo. Siendo el feminicidio el último escalón de la violencia a la que son sometidas miles de mujeres diariamente, es decir, que previamente la violencia psicológica y física preparan el terreno para dar paso al asesinato de estas mujeres (Collantes & Garrido, 2021).
A pesar de que en los últimos años las
políticas públicas se han enfocado mucho más en este tema, es evidente que la
cultura de violencia se ha legitimado históricamente, además de que las
estrategias de prevención no han sido suficientes ni eficientes.
Pero lo que sin lugar a dudas genera más
interrogantes -y frustración- en los funcionarios del sistema de justicia y la
sociedad en general, es determinar las razones por las cuales una gran cantidad
de sobrevivientes de violencia -física y psicológica-, se erigen en las
principales defensoras de sus verdugos, llegando incluso a negar lo obvio, sin
importar siquiera que las nuevas tecnologías desvelen ante la luz pública un
delito que antes se mantenía en la clandestinidad de las alcobas, cuestión está
que no solo afecta al proceso y sus resultados, sino que coloca a las víctimas
en un nuevo grado mucho más elevado de indefensión, porque cuando eventualmente
los agresores logran escaparse de las consecuencias de sus actos, en lugar de
no reincidir, los estallidos de violencia son mucho más exacerbados y en muchos
casos mortales. Pero más alarmante, aun, es que nuestras propias estadísticas
establecen que aproximadamente el 80% de las mujeres que resultan muertas a
manos de sus parejas, nunca denunciaron a su agresor: un numero alarmante que
nos hace afirmar que el silencio es, sin lugar a duda, el principal aliado de
las muertes de nuestras mujeres.
De aquí lo importante de abordar tres
aspectos: el ciclo de la violencia, el síndrome de la mujer maltratada y el
perfil psicológico de los agresores. Si bien, cada uno de estos aspectos podría
dar para desarrollarse una tesis completa el objetivo principal de este
artículo es de una forma simple entender el comportamiento de la víctima, y que
nos volvamos más sensibles -empáticos- a la hora de emitir nuestros juicios en
torno a la actitud que asume dicha víctima, sobre todo, cuando el delito
trasciende a la luz pública.
En 1979 la psicóloga Leonora Walker
identificó el ciclo de la violencia, el cual está compuesto por tres fases que
son comunes a las mujeres maltratadas: aumento de tensión, incidente violento
agudo y el arrepentimiento o luna de miel.
Esta última fase es determinante, porque
el agresor suele justificar su violencia de una forma creíble y hasta cierto
punto razonable. Si bien, en principio, reconoce su error, le atribuye de forma
sutil la responsabilidad a la mujer y promete -llegando el mismo a creérselo-
que no volverá a repetirlo y lo más nefasto es que ella lo cree también, lo que
brinda la oportunidad de continuar y no romper la relación, pero lo que hace es
reiniciar el ciclo una y otra vez hasta que el desenlace suele ser
irreversible.
Leonore Walker (Lucas, 2023), especifica
que este síndrome tiene los síntomas que sufre una mujer después de ser abusada
física, sexual y/o psicológicamente en el ámbito de una relación sentimental,
cuando la pareja ejerce poder y control sobre ella y es capaz de coaccionarla
para que haga lo que él decida, sin considerar sus derechos y sentimientos.
1. Recuerdos intrusivos del suceso o
sucesos traumáticos
2. Hiper excitación y altos niveles de
ansiedad
3. Comportamiento de evitación y
entumecimiento emocional, normalmente expresado como depresión, disociación,
minimización, represión y negación
4. Relaciones interpersonales irregulares
e interrumpidas derivadas del poder del agresor y sus medidas de control
5. Imagen corporal distorsionada y/o dolor
físico o somático
6. Problemas en las relaciones sexuales
Los psicólogos han diferenciado varios tipos
de agresores:
1. Los que utilizan la violencia como
forma de poder y control
2. Los que padecen una enfermedad mental
que interactúa con su comportamiento agresivo; y
3. Los que tienen una personalidad
antisocial, dentro de estos últimos, se han diferenciado dos subclases, pitbull
y cobra.
Algunas de las características que
comparten los agresores son:
1. Baja autoestima;
2. Necesidad de poder sobre la víctima;
3. Asumen que tenemos roles que cumplir y
lo utilizan para justificar la agresión;
4. Baja asertividad;
5. Relaciones de dependencia;
6. Inestabilidad emocional e impulsividad;
7. Celos y posesividad;
8. Minimizan la violencia o culpabilizan a
los demás;
9. Manipuladores.
Las mujeres víctimas de violencia de género, tienden a distorsionar la magnitud real de su problema, y no pueden ver el verdadero peligro al que se encuentran expuestas, y de forma activa se arriesgan por la fe ciega en un individuo que por lo regular tiene fuertes rasgos de narcisismo y egocentrismo. Tienen la capacidad ser empáticas con la situación de otras mujeres, sin embargo, cuando se trata de sus propios problemas los minimizan y justifican la violencia recibida por parte de sus parejas o exparejas sentimentales. Llegó el momento de aunar esfuerzos para proteger a nuestras mujeres y dejar de juzgarlas por la situación en la que se encuentran dentro de sus hogares, ya que, bajo esas circunstancias las mismas no pueden defenderse por sí solas y necesitan de nosotros para poder salir del esquema de violencia recurrente y “normalizado” en el que están.
La autora, Rosalba Ramos, es licenciada
en Derecho, Procuradora Fiscal del Distrito Nacional.



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