Por: Vianelo Perdomo
La línea divisoria, fijada en 1929, aún genera debates sobre territorio, identidad nacional y control migratorio.
Restauración, Provincia Dajabón.- Domingo, a las nueve de la mañana una caravana de vehículos partió de la ciudad de San Juan de a Maguana hacia varias comunidades de la provincia Elías Piña.
El acuerdo puso fin a los reclamos históricos dominicanos, iniciados desde 1822, cuando tropas haitianas ocuparon poblaciones como Hincha, San Rafael, Las Caobas y San Miguel de la Atalaya. La línea limítrofe se extendió por unos 388 kilómetros, desde Monte Cristi hasta Pedernales. Para señalarla, se instalaron hitos de concreto cada mil metros, con supervisión de una comisión mixta.
En 1936, los presidentes Rafael Leónidas Trujillo y Stenio Vincent ratificaron el tratado. Con esa ratificación comenzó la construcción de la llamada “carretera internacional”, de 47 kilómetros, que unía Restauración con Pedro Santana. También se levantaron puentes, alcantarillas metálicas y el fuerte de Cachimán, consolidando la frontera.
La pérdida territorial se interpretó como definitiva. Haití aseguraba la fértil región bañada por el río Artibonito, donde más tarde se ubicaría la presa de Peligro. El plan haitiano, según interpretaciones históricas, consistió en ampliar su territorio original de 23 mil kilómetros cuadrados y ocupar espacios abandonados por el lado dominicano.
A partir de entonces, Trujillo impulsó una política de “dominicanización” en la frontera. La Ley 319, del 19 de julio de 1943, sustituyó nombres haitianos de comunidades, ríos y parajes por denominaciones españolas. Ejemplos son Gaspar Hernández, que reemplazó a Cruz Gen, y Juan Barón, en sustitución de Ñagá. Esta medida buscaba reforzar la identidad nacional en zonas limítrofes.
Sin embargo, pese a los esfuerzos oficiales, la frontera se percibió durante décadas como un castigo para militares y civiles enviados a la zona. Tras la muerte de Trujillo, muchos proyectos fueron abandonados. Familias haitianas ocuparon pacíficamente tierras dominicanas, empleando prácticas agrícolas que deterioraron los bosques. El contraste fue evidente: del lado dominicano persistían pinares, mientras que al oeste predominaban suelos áridos.
A partir de los años ochenta, la frontera dejó de ser un territorio de abandono para convertirse en un corredor comercial. La corrupción, el contrabando y la migración ilegal crecieron en ambos países. Con el paso del tiempo, la línea divisoria se transformó en un espacio de oportunidades económicas, pero también en un foco de tensiones sociales y políticas.
Actualmente, se estima que más de 40 mil haitianos indocumentados son detenidos y devueltos cada año. No obstante, la magnitud del fenómeno migratorio supera la capacidad logística del Estado dominicano. La falta de recursos, junto a la porosidad fronteriza, revela una realidad compleja: la frontera, aunque reconocida en tratados, se percibe cada vez más como inexistente.


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