La prohibición del chocolate en conventos desató disputas, insultos y castigos dentro de la Iglesia durante más de tres siglos
Durante siglos, el chocolate fue visto como una tentación peligrosa dentro de la Iglesia católica.
Su consumo llegó a prohibirse en conventos, lo que provocó conflictos internos y abiertas rebeliones de monjas.
La controversia comenzó tras la llegada de los españoles a América a finales del siglo XV.
Aquel brebaje era amargo, espumoso y mezclado con vainilla, miel o especias como chile y achiote.
El cacao era considerado sagrado y su consumo estaba reservado a la élite azteca.
En el imperio mexica, beber chocolate era un privilegio social.
Quienes rompían esa norma podían ser castigados severamente.
La conquista transformó esa tradición.
El azúcar introducido por los europeos cambió el sabor y facilitó su popularización.
El chocolate se expandió rápidamente y llegó a los conventos de México y España.
Las monjas de clausura lo incorporaron a su intensa labor culinaria diaria.
Durante el siglo XVI surgieron las primeras tensiones.
Las religiosas seguían dietas estrictas y solo disfrutaban de ciertos alimentos en celebraciones.
El chocolate se convirtió en uno de esos pequeños placeres permitidos.
Esa práctica fue mal vista por varios obispos.
En algunos conventos, la bebida fue prohibida de manera absoluta.
Las monjas debían prometer que jamás la consumirían.
La prohibición no solo era personal.
También se exigía vigilar y denunciar a las compañeras que incumplieran la norma.
Las acusaciones internas se multiplicaron.
Surgieron insultos como “chocolateras” o “regalonas” entre las religiosas.
La jerarquía intentó extender el veto a los conventos españoles.
Varias monjas lo rechazaron, citando la tolerancia de Santa Teresa de Jesús.
El trasfondo del conflicto era moral.
Se creía que el cacao tenía efectos afrodisíacos incompatibles con la vida religiosa.
Para algunos jerarcas, ese placer atentaba contra los votos de pobreza y penitencia.
El debate trascendió los muros conventuales.
En el siglo XVII, un obispo prohibió a las mujeres beber chocolate durante las misas.
La sanción incluía la amenaza de excomunión.
Las afectadas, apoyadas por sus esposos, organizaron protestas públicas.
El conflicto terminó abruptamente tras la misteriosa muerte del obispo.
La leyenda popular atribuyó el hecho a un supuesto envenenamiento.
Nunca se probó oficialmente esa versión.
Los castigos variaban según el género y la orden religiosa.
Algunos estudiantes jesuitas podían beber chocolate, pero solo en privado.
Otras órdenes recibieron sanciones severas.
Se aplicaron castigos de silencio forzado, aislamiento y penitencias extremas.
Algunos religiosos fueron condenados a alimentarse solo con pan y agua.
Las superioras podían ser suspendidas de sus funciones por permitir el consumo.
Tras siglos de disputas, la postura comenzó a suavizarse.
El papa Pío VI autorizó excepciones por motivos de salud.
La regularización fue lenta y parcial.
Los prejuicios persistieron hasta bien entrado el siglo XIX.
Con el tiempo, el chocolate dejó de verse como un pecado.
La controversia se diluyó, aunque no fue la última batalla culinaria de la Iglesia.
Más tarde, el café también sería señalado como una bebida peligrosa.
Pero esa discusión pertenece a otra época y a otra historia.


0 Comentarios
Deje su comentario
Emoji